Lucio Muñoz

«El conejo en la chistera» es un libro que publicó uno de los hijos de Lucio Muñoz, Rodrigo Muñoz Avia, después de la muerte del pintor, en el que recoge toda una serie de escritos de su padre, fundamentalmente sobre arte, sobre pintura.

Una tarde de hace muchos años, visité el estudio de Lucio Muñoz, para mí uno de los más grandes pintores del siglo XX y estuvimos, mi amigo Garcilaso Rollán, magnífico pintor, y yo, charlando con el toda la tarde.

Para mí fue una tarde inolvidable. Hablamos de literatura, de poesía, de Zen, de creación,…incluso nos pidió consejo sobre qué hacerle a un cuadro que estaba trabajando! Un artista increíble y una PERSONA con mayúsculas. En este libro he encontrado en palabras lo más lúcido que he leído nunca sobre al creación, sobre la plástica.

“Para mí el proceso de creación no es sino el proceso vital. Un cuadro es un fragmento del trayecto recorrido. Un pequeño resumen de la experiencia vivida. Como la estación creada para un tren que no conduce a ninguna parte, o en todo caso a lo desconocido. Para el arte no puede haber meta conocida. Cada uno intenta explicar cómo maneja ese fragmento, pero siempre será una explicación incompleta, por fragmentaria y falta de referencias. Además el lenguaje pictórico es visual. Yo no puedo explicar un azul. Suele decirse que poesía es lo que se pierde en la traducción. En nuestro caso habría que decir que la pintura no se puede diluir en palabras, no aglutina, no tiene traducción. Todo lo que la historia del arte me ha transmitido estará en mis cuadros, pero no en mis palabras. Todo lo que Velázquez me dice está en Velázquez, en su pintura, no en lo que me cuentan, que por supuesto puede ser interesantísimo pero no es Velázquez. Velázquez no tiene texto, no se lo pongamos si no hemos “leído” su pintura primero. De lo contrario, estaremos hablando de aspectos anecdóticos, sociológicos, filosóficos o literarios. La pintura es un lenguaje que se ha ido configurando en cada artista sobre la base de un proceso mental y de una selección sensorial de todo lo que las obras de los demás han ido sedimentando. Cada uno ha introducido sus códigos propios, sumándolos a los anteriores y haciendo que el gusto evolucione con aportaciones o propuestas: unas veces sutiles, casi imperceptibles, y otras, contundentes y demoledoras”

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